
Vives en la estación del tiempo rezagado:
lo has llamado el otoño de las rosas.
Aspíralas y enciéndete. Y escucha,
cuando el cielo se apague, el silencio del mundo.
El otoño de las rosas.
Francisco Brines.
Parece que se acerca el otoño, esa estación que medio odiaba de estudiante, porque significaba la vuelta a los estudios después de un verano relativamente ocioso y relativamente divertido.
Ahora me gusta el otoño, si es que realmente llega, en Málaga es frecuente pasar del verano al invierno, y del invierno al verano y nos dejan sin otoño y primavera, mis dos estaciones favoritas. Pero supongamos que sí, que llega el otoño con su aire fresquito, su lluvia fina y tranquila, el olor a la primera tierra mojada, los puestos de castañas, sus atardeceres tan especiales y las hojas caídas por los suelos, las hojas muertas, “les feuilles mortes”, “autumn leaves” y uno se acuerda de los versos de Jacques Prévert que Yves Montand hizo canción que tantos y tantos versionaron.
Llega el otoño, con la frescura de la noche, los cuerpos de los enamorados se buscan con más deseo, bajo sábanas frescas.
También es tiempo para el recuerdo y la melancolía:
“Te recuerdo como eras en el último otoño”, decía Pablo Neruda en sus “Veinte poemas de amor y una canción desesperada.”
Supongamos que sí, que llega el otoño, cuando esto escribo es una mañana otoñal.
Supongamos que sí, que llega el otoño, mi estación antaño odiada, y hoy favorita.
