Cuando allá por el año 1.987, ha llovido desde entonces y sobre todo ahora, lo vi en el Polideportivo de Mendizarrosa de Vitoria en el marco del Festival de Jazz, me recordó a saxofonistas tenores que son leyenda como Coleman Hawkins y Ben Webster, que están entre los favoritos de muchos y del arriba firmante.
Pertenecía Wallace a esa generación de músicos que surgieron en los ochenta y pensaba en el concierto, que estaba viendo a un tipo que se iba a hacer un sitio entre los más grandes en la vanguardia del instrumento y hasta que podría marcar una época. Tal fue la impresión que me causó, si bien es cierto que por aquel entonces aún no tenía el que esto escribe un bagaje suficiente de conciertos.
Pero no fui el único que pensó tal cosa, según pude corroborar entonces con los que entendían de la materia.
Sin embargo, por no sé qué circunstancias o motivos, la estrella de Wallace no ha brillado tanto como mereciera. Vete tú a saber el por qué.
Empezó a tocar el clarinete, pero su maestro le hacía escuchar a Charlie Parker y a Lester Young, y, en contra de la opinión de su padre, se inclinó por el tenor, y se fue a Nueva York a emprender su carrera. Fueron sus mentores el pianista Monty Alexander y la cantante Sheila Jordan, con los que dio sus primeros pasos.
Nacido en Chattanooga, población que hiciera famosa Glen Miller, en el 1.946, admirador de pianistas como Thelonious Monk y Tommy Flanagan, seguidor confeso de Coleman Hawkins, Sonny Rollins y Eddie Lockjaw Davis, dotado de una técnica depurada, originalidad y creativa y con una sonoridad similar a los tenores denominados “graníticos”, como el propio Ben Webster o Houston Person, seguro que Wallace mereció mejor suerte y mayor reconocimiento.
Ahí os lo dejo, con ustedes Bennie Wallace.